A pesar de los múltiples problemas que enfrenta el sector rural, es posible hallar la plenitud y la satisfacción en la vida de granjero. Esa es la lección que comparte Mario Cabrera, cuya historia se desarrolla en su explotación familiar en Canelones, Uruguay. Allí, junto a los suyos, Cabrera revela por qué ama profundamente su labor, a pesar de las constantes adversidades.
A tan solo media hora de la capital, Montevideo, Mario Cabrera sigue un ritmo de vida que resultaría inusual para muchos citadinos. Su jornada lo lleva, después de una breve siesta, a cargar su camión con la producción agrícola para dirigirse a la Unidad Agroalimentaria Metropolitana (UAM). Tras la descarga y la atención de su puesto mayorista en el mercado, regresa para cenar y dormir temprano, pues a las 2 de la madrugada ya está de vuelta en la UAM. El resto del día lo dedica a su «quinta», un espacio que describe como «mi rincón ideal en el mundo».
«Es una ocupación que considero fundamental, que me apasiona incluso cuando las cosas no van del todo bien. Se disfruta porque es lo que me transmitieron mis antepasados y que hoy comparto con mi familia», relató durante un encuentro en su predio rural, ubicado en el paraje Quinta de Illa, cercano a Los Cerrillos.
**Seis generaciones de legado familiar**
La gestión de la granja es una tarea compartida entre Mario, su esposa Estela Mary Vanoli, su hijo Wilmar Fernando Cabrera y su nuera, la ingeniera agrónoma Jovana Moreno. Además, una nueva generación ya se suma activamente: el pequeño Agustín Cabrera Moreno, de cinco años. Aunque su prioridad es la escuela, Agustín disfruta enormemente acompañando las tareas en la quinta, muestra gran curiosidad por la maquinaria y le encanta subirse al camión cuando se traslada la fruta. «Las obligaciones son lo primero; aunque soy un ferviente hincha de Peñarol, el otro día jugaba y se me hacía tarde, así que solo vi el primer tiempo y me fui a descansar. Me enteré del triunfo al amanecer, entre las bromas habituales del mercado, un ambiente muy agradable», compartió sobre su rutina, donde cada decisión gira en torno a la familia y la granja.
**Una tradición que comenzó con el bisabuelo Ambrosio**
Mario, de 67 años, nació en el mismo terreno que hoy sigue siendo el corazón de la granja familiar. La historia se inició con la adquisición de unas hectáreas de campo por parte de su tatarabuelo, Ambrosio Colombo, inmigrante italiano. Sus abuelos y padres mantuvieron la tradición, y ahora es la familia de su hijo la que lidera el proyecto, «porque el tiempo avanza y ellos poseen una gran energía, estando al frente de todo». Mario espera con optimismo que Agustín represente una sexta generación: «Primero que estudie, que goce de su infancia y crezca sano. Pero que poco a poco aprenda a valorar el trabajo y que, llegado el momento, elija lo que realmente le apasione. Por supuesto, me encantaría que continuara con esto, aunque debe hacer lo que desee. Lo bueno es que este mundo lo cautiva, es muy perspicaz e inquieto».
**Cuando las vacas comen duraznos: la dura realidad del mercado**
La granja produce principalmente duraznos, ciruelas, nectarinos, manzanas y uva Moscatel, tanto para consumo fresco como para bodegas, así como variedades Frutilla y Tannat. La horticultura es casi inexistente, con alguna excepción de zapallo, ya que antaño se cultivaba más, pero dejó de ser rentable. También hay algunos vacunos, para los cuales se cultiva forraje invernal. Toda la fruta se comercializa en la UAM.
«Hoy es así, pero antes era diferente. Hasta el año 71, las fábricas venían a comprar duraznos Rey del Monte desde diciembre, llevándose toda la cosecha, lo cual era más ventajoso. Compraban toda la papa, la alfalfa en invierno. Al mercado se llevaba algo, pero todo cambió, y ahora hay que llevarlo todo allí», explicó. Otra diferencia, según Mario, es que «antes se vendía el cien por ciento. Recuerdo que si necesitábamos dinero para alguna cuenta, bastaba con cargar el camión y llevarlo al mercado para regresar con la plata. Ahora uno va con la mercadería y no sabe si la venderá. Las ventas han disminuido drásticamente; hay noches desastrosas, si llueve no se vende nada, como nos sucedió la otra noche». Cuando se anticipa que una partida de fruta, recién cosechada o de cámara, no tendrá salida, Mario, en lugar de desecharla, la utiliza para alimentar a sus vacunos. «Este año las vacas terminaron comiendo duraznos. Hubo un estancamiento en el mercado y bueno, así lo hicimos; al menos no se desperdició, también aprovechamos los restos que quedan», comentó.
**Obstáculos: clima, plagas, mano de obra y hábitos de consumo**
El traslado del antiguo Mercado Modelo a la UAM no mejoró las ventas, aunque sí otros aspectos, como la comodidad laboral (ej. horarios de descarga), la higiene, el orden y una «seguridad total», según Cabrera. A pesar de su innegable pasión por la granja, un estilo de vida que no cambiaría por nada, Mario reconoce que existen serios problemas que complican la labor del productor.
En primer lugar, el **factor climático**: «Antes llovía, pero la fruta maduraba sin pudrirse; se curaba sola con sulfato en primavera, todo salía perfecto. Luego aparecieron los hongos y ahora hay que vivir aplicando tratamientos. Sí se controló algo el tema de los insectos con el uso de feromonas». La convivencia con tormentas, vientos, granizo, o con la escasez de agua, sigue siendo un impedimento crucial para la producción a cielo abierto.
Otra gran dificultad son las **aves plaga**: «La cotorra es lo peor que hay», aseveró, «porque arrasa con todo, picoteando fruta tras fruta. En una sola parcela, la producción puede caer un 20%, quizás más. Ahora ha dado cierto resultado colocar botellas de plástico en cañas para que el movimiento las ahuyente. Las banderas no son muy efectivas, y ayuda disparar al aire para espantarlas. Antes venían los cotorreros y ponían veneno, lo que las mantenía a raya. No sé, algo hay que hacer, es un problema tremendo».
«Otro gran obstáculo, que ha provocado la reducción de las plantaciones, es la **falta de mano de obra** comprometida. Nosotros nos las arreglamos casi siempre a nivel familiar, pero para quienes necesitan empleados, es un asunto grave. Aquí recuerdo que una vez vinieron unos jóvenes a cosechar uva, llenaron tres cajones y se fueron diciendo que eso no era para ellos», narró.
Mario también señaló que el **cambio en los hábitos alimenticios** perjudica a quienes producen alimentos frescos, nutritivos y saludables, ya que los niños tienen otras preferencias, como helados y galletas: «En las escuelas veo que se trabaja el tema, llevan frutas, están promoviendo el comer sano. Pero no es fácil porque los padres eligen lo más sencillo, que es comprarles un paquete de galletitas. El problema no está en las escuelas, sino en los hogares», dijo.
Finalmente, en cuanto a las dificultades, mencionó que los **costos de producción** aumentan incesantemente, mientras que los precios de las frutas no siguen el mismo ritmo. Además, el granjero no los decide: «Somos tomadores de precios y a veces nos toca celebrar que logramos un empate».
**El legado del abuelo y la alegría de la vida rural**
«Siempre tengo presente un consejo de mi abuelo: en esta actividad, es fundamental ahorrar y tener un resguardo para los momentos difíciles», recordó. A pesar de tantos desafíos, Mario asegura que «esto es hermoso, se trabaja al aire libre, en un entorno saludable, en el campo pero cerca de las necesidades de la ciudad, y con la familia, lo cual también es gratificante». Además, «ayuda que las generaciones siguientes tengan las cosas un poco más sencillas; mi abuelo y mi padre araban con bueyes, era un sacrificio enorme, y yo mismo lo hice por un tiempo».
Cabrera contó que terminó el segundo año de liceo y, a los 15 años, le manifestó a su padre que no se sentía a gusto con los estudios. Le propuso que si compraba un tractor, él preferiría trabajar en la granja. Su padre tomó la decisión que marcó un antes y un después en la vida de Mario: «Compró un Ford del 51, con un crédito del Banco República. Aprendí rápidamente con un primo de mi padre y no paré más. Aquí sigo, y estaré en esto hasta el final».
**La familia siempre primero**
Sobre si los habitantes de la ciudad valoran al granjero, Mario cree que «no todos». Acto seguido, elogió a los feriantes con años de experiencia, «porque son personas con amor a lo que hacen, que defienden la mercadería, la cuidan, respetan el esfuerzo que hay detrás». Expresó su pesar al observar el desconocimiento y las modas actuales, donde la gente a veces busca un durazno muy rojo sin considerar que los bicolores tienen mejor sabor, o se fijan solo en la apariencia, lo que lleva a prácticas como teñir productos como la papa: «Es como todo, muchas cosas cambian para bien, pero otras no», reflexionó.
¿Un secreto? Al concluir la conversación, antes de guiar al periodista por el sistema productivo, Mario reflexionó: «Aquí no sé si hay un secreto para ser bueno o para pasarla bien trabajando. Lo que la vida me ha enseñado es que, para salir adelante, es crucial tener la disposición de aprender, ser responsable y respetuoso, no claudicar por más dura que se presente la situación, y poner a la familia al frente, trabajando unidos y con el mismo empeño». El viejo horno de barro, uno de los tesoros de este predio histórico, continúa siendo un símbolo de tradición y uso familiar.
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