El Conflicto en Oriente Medio y su Onda Expansiva en el Mercado Mundial de Fertilizantes: Implicaciones para las Américas

Por Muhammad Ibrahim, Director General del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA)
23 de marzo de 2026

Los conflictos en Oriente Medio tradicionalmente generan repercusiones que trascienden sus fronteras geográficas. Aunque frecuentemente se evalúan sus efectos en la seguridad, la energía o la estabilidad política, un área de impacto crucial, aunque a veces subestimada, es el mercado agrícola global, especialmente el de fertilizantes. La estrecha relación entre la energía, el transporte marítimo y la industria química hace que cualquier perturbación en esta volátil región pueda desencadenar alteraciones significativas en el suministro y el costo de los fertilizantes, insumos vitales para la producción agrícola.

El gas natural constituye una materia prima fundamental para la fabricación de fertilizantes nitrogenados, como el amoníaco y la urea. El método predominante para elaborar la base de estos fertilizantes (amoníaco) demanda un uso intensivo de gas natural, que a menudo representa entre el 70% y el 80% del gasto total de producción. En consecuencia, una crisis que dispare los precios del petróleo y el gas eleva instantáneamente el costo de fabricación de los fertilizantes, repercutiendo directamente en la oferta global.

Además del factor energético, es crucial considerar que diversas naciones de Oriente Medio son actores clave en la producción y exportación de fertilizantes y sus componentes químicos. Los países del Golfo Pérsico, por ejemplo, poseen vastas instalaciones petroquímicas que generan amoníaco, urea y otros fertilizantes nitrogenados destinados al comercio global. Irán también figura como un exportador relevante de urea.

El transporte marítimo emerge como otro elemento crítico. Una proporción considerable del comercio global de fertilizantes transita por rutas marítimas estratégicas, como el estrecho de Ormuz, el mar Rojo o el canal de Suez, que son puntos neurálgicos para el flujo comercial y, a menudo, cercanos a áreas de conflicto. Ante un deterioro de la seguridad en estas vías, las primas de seguro para las embarcaciones se disparan, las compañías navieras optan por desviar sus rutas para eludir zonas peligrosas y los tiempos de entrega se prolongan. Todo esto eleva los gastos logísticos. Así, aun cuando la producción no se detenga, el incremento en los costos de transporte puede traducirse en un alza sustancial del precio final que los agricultores deben asumir en distintas naciones.

El sector agrícola experimenta con celeridad las repercusiones de estas dinámicas: frente a un aumento considerable de los precios de los fertilizantes, los productores tienden a disminuir su aplicación o a modificar sus programas de siembra. Esta situación puede resultar en una disminución de los rendimientos por hectárea y, en ocasiones, en la reducción de la superficie cultivada. A medio plazo, la fertilidad del suelo también se ve comprometida. Estos ajustes tienen el potencial de mermar la producción global de cereales y otros cultivos, generando una presión alcista sobre los precios internacionales de los alimentos y, consecuentemente, sobre lo que pagan los consumidores.

Esta situación impacta de manera especialmente pronunciada en América Latina, una zona geográfica vital para la alimentación global que, irónicamente, exhibe una marcada dependencia de los fertilizantes provenientes del exterior. Por ejemplo, Brasil adquiere entre el 80% y el 85% de los fertilizantes que emplea en su agricultura del mercado internacional. Argentina también posee una considerable dependencia de las importaciones, cubriendo cerca del 60% de su demanda. En naciones como Chile, Perú o Colombia, esta dependencia foránea es incluso superior.

Según un informe del Banco Mundial, los precios de los fertilizantes registraron un aumento del 6.5% en febrero de 2026 respecto al mes previo, en un contexto de mercado ya restringido por factores como limitaciones productivas, mayores costos energéticos e interrupciones comerciales. Paralelamente, la Agencia Internacional de la Energía ha alertado repetidamente sobre la extrema vulnerabilidad de los mercados de energía y logística ante cualquier alteración en la región del Golfo y las rutas marítimas cruciales. Esto sugiere que las repercusiones podrían ir más allá de una fluctuación temporal.

De acuerdo con información recabada por el IICA, cerca del 80% de las unidades productivas agrícolas en América Latina y el Caribe corresponden a pequeñas explotaciones o granjas familiares. Estas millones de operaciones son esenciales, ya que generan empleo, sustentan a las comunidades rurales y abastecen una proporción considerable de los mercados domésticos. Adicionalmente, en diversas naciones, su contribución a la producción de alimentos frescos y básicos es irremplazable. Un alza desmedida en los costos de los fertilizantes genera un efecto inmediato y grave sobre este segmento.

Por consiguiente, el incremento en el valor de los fertilizantes no solo representa un contratiempo para la agricultura, sino que se transforma en una amenaza directa para la seguridad alimentaria, la capacidad de las familias para subsistir en el medio rural y la estabilidad social en amplias zonas rurales.

La inferencia es inequívoca: América Latina y el Caribe requieren con urgencia una estrategia para la administración cautelosa de los fertilizantes. En el panorama actual, resulta imperativo salvaguardar a los productores familiares y a los pequeños y medianos agricultores; establecer una política regional de suministro que incluya sistemas conjuntos de adquisición, almacenamiento y negociación; y, de forma primordial, idear una estrategia a mediano plazo para disminuir la dependencia de los fertilizantes externos, a la vez que se implementan políticas para el aprovechamiento sostenible de biofertilizantes. Esto implica fomentar la producción local, diversificar las procedencias, rehabilitar la infraestructura industrial, optimizar la eficiencia en el uso de nutrientes e integrar bioinsumos y técnicas de agricultura de precisión siempre que sea viable.

El IICA, en colaboración con sus aliados en ciencia, tecnología e innovación, trabaja en la aplicación de herramientas biotecnológicas y un enfoque holístico para potenciar la eficiencia de los sistemas agrícolas, buscando aumentar tanto su productividad como su valor nutricional.

Las guerras no se limitan a los campos de batalla; sus efectos se manifiestan también en el costo de productos esenciales como el pan, las hortalizas, el maíz, el arroz y la carne. Detrás de estos aumentos, el fertilizante opera como un factor silencioso pero determinante. Si no se toman medidas oportunas, las consecuencias trascenderán lo puramente económico, impactando gravemente en el ámbito social, territorial y la seguridad alimentaria.

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